“Jesús respondió: ‘Te aseguro, el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios’ ” (Juan 3:3).

FELIPE Y NATANAEL

miércoles 23 de octubre, 2024

Lee Juan 1:43 al 46. ¿Qué revelaba ya el mensaje de Felipe acerca de su fe en Jesús?

Felipe era de Betsaida, al igual que Andrés y Pedro. Encontró a su amigo Natanael y le habló de Jesús. Juan el Bautista había llamado a Jesús “el Cordero de Dios”. Andrés dijo a Pedro que había encontrado “al Mesías”. Pero Felipe llama a Jesús “aquel de quien escribieron Moisés y los profetas” y añade el nombre “Jesús de Nazaret”. Su referencia a Nazaret provoca una aguda reacción en su amigo.

Natanael tenía prejuicios acerca de la pequeña ciudad de Nazaret. Seguramente un rey no vendría de un lugar tan apartado. Los prejuicios impiden ver lo que las personas valen realmente. Felipe parece haber reconocido, posiblemente por conversaciones anteriores con Natanael, que la forma adecuada de tratar los prejuicios no es una exaltada argumentación filosófica o teológica, sino más bien invitar al individuo a experimentar la verdad personalmente. Simplemente, dijo: “Ven y ve”. Y eso es exactamente lo que hizo. Fue y vio.

Lee Juan 1:47 al 51. ¿Cómo convenció Jesús a Natanael de quién era, y cuál fue la respuesta de Natanael?

Entre los versículos 46 y 47 se encuentra el detalle crucial de cómo respondió Natanael a la invitación de Felipe. Se levantó y fue a verlo. Su amistad con Felipe fue más fuerte que sus prejuicios, y su vida cambió a partir de ese momento.

Jesús pronuncia palabras halagadoras acerca de Natanael, llamándolo israelita en quien no hay engaño (Juan 1:47), un gran contraste con lo que Natanael había dicho acerca de Jesús (Juan 1:46). Natanael responde sorprendido, pues no había visto antes a Jesús.

Entonces Jesús refiere haberlo visto bajo una higuera, y esta pequeña afirmación convence a Natanael. Jesús había visto por iluminación divina a Natanael orando, buscando la verdad bajo aquel árbol (ver Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 114). Natanael hace entonces una exaltada confesión y llama a Jesús Rabí, Hijo de Dios y Rey de Israel. Observa cómo aquella revelación aparentemente pequeña de parte de Jesús conduce a la más grandiosa confesión de fe.