domingo · l08

¡Sólo dame una señal!

Versiculo de la semana

«La fe es la certeza de lo que esperamos, la convicción de lo que no vemos» (Heb. 11: 1).

Quizás hayas oído a alguien decir: «Si pudiera ver cómo se divide el Mar Rojo, o el maná cayendo sobre la tierra, o a Jesús curando a un ciego, creería». Tal vez tú mismo hayas tenido ese tipo de pensamientos alguna vez.

Sin embargo, ¿podría ser más fácil para nosotros tener fe que para quienes vivieron en los tiempos bíblicos? Los israelitas no poseían la totalidad de la Biblia, ni tenían, como nosotros, una larga historia previa que pudieran mirar retrospectivamente. Moisés destacó la importancia de mirar hacia atrás para recordar la guía y la bondad de Dios (ver Deut. 4: 7-10; 8: 2, 3). A diferencia de los israelitas, nosotros disponemos de seis mil años de historia bíblica (ver Juan 20: 30, 31).

Cada generación quiere una señal, y la nuestra no es diferente. No obstante, las señales están a nuestro alrededor. Si lees Mateo 24, verás cuántas señales profetizadas se han cumplido y se están cumpliendo incluso ahora, ante nuestros propios ojos.

En la época de Jesús, la gente quería una señal de que Jesús era realmente el Hijo de Dios a pesar de que habían sido testigos de muchas señales de ello. ¿Cómo respondió Jesús? (Ver Mar. 8: 11, 12).

¿Discutimos con Jesús y lo ponemos a prueba como hicieron los fariseos? ¿Le hacemos suspirar profundamente (Mar. 8: 12) por nuestra falta de fe, a pesar de que ya nos ha dado todo lo que necesitamos para creer?

«Estas señales no eran lo que los judíos necesitaban. Ninguna simple evidencia externa podía beneficiarlos. Lo que necesitaban no era ilustración intelectual, sino renovación espiritual» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 379).

¿Podría ser que nosotros también necesitáramos una renovación espiritual, una experiencia genuina, real, momento a momento, con Dios? Quizás en realidad no necesitemos una señal, porque tenemos mucho conocimiento a nuestro alcance, especialmente en nuestras propias Biblias.

Por ello, en lugar de hacer que Jesús «[suspire] profundamente» por nuestra falta de fe, recordemos las palabras que él dirigió a Tomás: «¡Dichosos los que no vieron y creyeron!» (Juan 20: 29; ver también Heb. 11: 1). Dios no nos pide que tengamos una fe ciega: ya nos ha dado muchas razones para creer. Sin embargo, siempre hay lugar para la duda a pesar de todas estas razones. La clave es centrarse en lo que consolida la fe, no en lo que genera dudas.

¿Cómo describirías tu fe en Dios en solo sesenta segundos? ¿Qué te dice tu respuesta acerca de tu experiencia con él?