lunes · l10
Directivas del Espíritu Santo
Versiculo de la semana
«Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).
Al pensar en el distanciamiento que se había producido entre su esposa y él, supo que se había equivocado. Había sido descortés con ella y había dicho algunas cosas de las que se arrepentía. Sin embargo, su siguiente pensamiento fue: «¿Acaso no se lo merecía, aunque solo fuera un poco?».
¿Te resulta familiar este proceso mental? Es fácil pasar de un sentimiento de remordimiento a una justificación de nuestros pensamientos y acciones. No siempre es fácil decir «perdóname» cuando hemos hecho algo malo, pero es esencial para reconstruir o fortalecer cualquier relación.
Lo mismo ocurre entre nosotros y Dios. El Espíritu Santo a menudo nos insta a pensar en los pecados que cometemos. Nuestros corazones se conmueven a causa de estos impulsos, pero puede resultar sencillo acallar esa voz apacible y tenue mientras justificamos por qué actuamos de cierta manera. Una de las funciones del Espíritu Santo es «convencer al mundo de pecado» (Juan 16: 7, 8). Esa convicción producida por el Espíritu es un maravilloso regalo divino (Luc. 11: 13) que necesitamos para resolver cualquier distanciamiento en nuestra relación con él.
Lee Oseas 6. ¿Qué notas específicamente aquí acerca de cómo Dios se describe a sí mismo en su llamado al arrepentimiento?
Considera el papel del Espíritu Santo en el proceso de reimplantarnos en la Vid (Juan 15: 4). «A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones nos producen consecuencias desagradables, pero eso no es arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es el resultado de la obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al pie de la Cruz. Cada pecado vuelve a herir a Jesús [...], lloramos por los pecados que le produjeron angustia. Una tristeza tal nos inducirá a renunciar al pecado» (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 271, 272).
No podemos crecer en nuestra relación con Dios cuando el pecado elegido y acariciado se interpone entre nosotros y él. No podemos ser perfectos, pero podemos y debemos arrepentirnos de nuestros pecados cuando el Espíritu Santo nos los trae a la mente (Efe. 4: 30).
¿Cuándo fue la última vez que fuiste reprendido o llamado al arrepentimiento? ¿Cómo respondiste? Ora ahora mismo pidiendo a Dios que enternezca tu cora zón y abra tus oídos a su voz por medio de su Palabra esta semana.