LA MAYOR OFENSA
miércoles 15 de abril, 2026
Imagina que eres uno de los discípulos de Jesús. Viajas con él, comes con él, duermes cerca de él y aprendes de él mientras transforma innumerables vidas, incluida la tuya. La gente clama por él y te das cuenta del privilegio que significa haber sido elegido para integrar el grupo de las doce personas más cercanas a él. Entonces empiezas a preguntarte: ¿Quién es el más importante de los discípulos?
Lee Lucas 22: 24 al 27 para considerar la respuesta de Jesús a la disputa de los discípulos sobre el significado de la verdadera grandeza. ¿Qué afirmación constituye el núcleo del mensaje de Jesús?
Después de todo el tiempo que habían pasado con Jesús, ese tipo de debate es lo último que alguien habría esperado.
En lugar de estar felices y agradecidos por su llamado, el orgullo se había apoderado de sus corazones y cada uno se creía superior a los demás. Es fácil permitir que tales pensamientos dominen nuestra mente. Pero se nos dice que «no hay nada que ofenda tanto a Dios, o que sea tan peligroso para el alma humana, como el orgullo y la suficiencia propia. De todos los pecados es el más pernicioso, el más incurable» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 122).
Esto es algo muy serio. Nuestro orgullo es lo que más ofende a Dios, y es un rasgo de carácter difícil de superar porque a menudo no percibimos su gravedad. En nuestro estado de suficiencia propia, decidimos no evaluarnos pues seguramente el orgullo ocupa en nuestra vida la posición de un monarca. Necesitamos detenernos, evaluarnos y pedir a Dios que abra nuestros ojos para que podamos percibir nuestra verdadera condición, ya que el orgullo puede ser el principal factor que nos impide tener una relación estrecha con Dios.
Si reconoces que solo Dios puede eliminar el orgullo y el egoísmo de tu vida, haz una pausa y eleva esta plegaria ahora mismo: «Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, mantenlo puro, porque yo no puedo guardarlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y que no se parece a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma» (Palabras de vida del gran Maestro, p. 127).