lunes · l12
Sin fuerza, pero con poder
Versiculo de la semana
«Dios, el Señor, me dio lengua de sabios para saber hablar palabra de aliento al cansado; mañana tras mañana me despierta el oído para que oiga como los sabios» (Isa. 50: 4).
¿Te preguntaste alguna vez cómo pudo Jesús mantener su motivación para trabajar, sanar, consolar, predicar y enseñar a tantas personas día tras día? Se nos dice que, «al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas sin pastor» (Mat. 9: 36). Fue el amor y la compasión de Jesús hacia la humanidad lo que impulsó su labor. De la misma manera, el amor de Dios en nosotros debería impulsarnos a sentir el deber de conducir a las almas hacia él y su verdad (2 Cor. 5: 14).
¿Contemplaste alguna vez los rostros de las personas en una multitud mientras pensabas en la Eternidad y te preguntaste si conocían a Jesús? ¿Has sentido alguna vez la manifestación del amor de Dios en ti hacia un extraño necesitado? El amor que Dios ha puesto en nuestro corazón nos motiva a sentir y asumir la responsabilidad de conducir almas a él. Jeremías expresó esto cuando dijo: «Su palabra fue en mi corazón como un fuego ardiente, prendido en mis huesos. Traté de sufrirlo, y no pude» (Jer. 20: 9).
Sin embargo, cuando compartimos a Dios con otros, no debemos tratar de forzarlos a aceptarlo a él o la verdad bíblica. La coerción es contraria al carácter de Dios. Él no obligó a Adán y a Eva a alejarse del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gén. 2: 16, 17). No obligó a los antediluvianos a entrar en el arca para salvarse del diluvio (Gén. 7: 1). No obligó a los israelitas a permanecer fieles a su pacto con él (Deut. 4: 29-31). Por el contrario, Jesús satisfizo las necesidades de las personas (Mat. 4: 23-25) y luego las invitó a seguirlo. Jesús nunca obligó a nadie a ir en pos de él o a aceptar la verdad que proclamaba. Tampoco lo hace ahora. Sin embargo, nunca nos abandona (Mat. 23: 37).
Cuando testificamos, nuestro enfoque siempre debe reflejar el de Jesús. Elena G. de White dice: «No es parte de la misión de Cristo obligar a los hombres a recibirlo. Satanás, y los hombres impulsados por su espíritu son quienes procuran violentar las conciencias. […] No puede haber una evidencia más concluyente de que poseemos el espíritu de Satanás que el deseo de dañar y destruir a los que no aprecian nuestro trabajo u obran contrariamente a nuestras ideas» (El Deseado de todas las gentes, p. 462).
Debemos ser un conducto al servicio de Dios. Vivimos en un mundo que odia la verdad, pero eso no debe impedirnos compartirla de manera reflexiva y amorosa. Recuerda que nuestro testimonio personal es lo que a menudo tendrá la mayor influencia, sobre todo en las primeras etapas de la testificación (Apoc. 12: 11).
Lee 2 Pedro 3: 18. ¿De qué manera estás creciendo en gracia y conocimien to? ¿Cómo se manifiesta esto en tus interacciones con quienes te rodean?